“No book worth its salt is meant to put you to sleep, it's meant to make you jump out of your bed in your underwear and run and beat the author's brains out.” ― Bohumil Hrabal

domingo, 29 de mayo de 2016

Primum non nocere

Ante todo, no hagas daño
Henry Marsh
Salamandra 2016

La neurocirugía deja poco espacio para la vanidad.
            Hace unos años tuve una compañera de trabajo casada con un aprendiz de neurocirujano que, sin embargo, ya entonces, era la imagen viva del estereotipo que muchos tenemos de su profesión: el tipo se creía, y se comportaba, como un dios. Como un futbolista de cuyo nombre no me dejan olvidarme… Ad rem, detesto los estereotipos pero creo que fue precisamente el recuerdo del marido de mi compañera lo que me impedía acercarme al libro que hoy traigo. Hasta que vi en la BBC un reportaje-conversación entre Henry Marsh y Karl Ove Knausgaard.
Puedo atreverme a ser un poco menos distante. Además, con la edad avanzada ya no puedo negar que estoy hecho de la misma carne y sangre que mis pacientes y que soy igualmente vulnerable.
            Henry Marsh, el autor del libro, es un reconocido neurocirujano. A sus más de 60 años y a punto de jubilarse escribió Ante todo no hagas daño para recopilar sus experiencias profesionales. La materia prima para las memorias de Marsh ha sido la vida misma. En su libro entrelaza las historias de sus pacientes y los médicos con los que trabajó, sus grandes éxitos en la lucha por cada vida y los fracasos que más los marcaron. Reflexiona también acerca de los avances de la medicina y sus límites. Describe las emociones que lo acompañan en cada caso, observa las actitudes que adoptan sus pacientes y los familiares de éstos ante la enfermedad, medita sobre el sentido de la vida y de su profesión. Presenta numerosos dilemas morales a los que se enfrenta cada cirujano, nos habla de sus relaciones con los pacientes, de la enfermedad de su hijo o de la muerte de su madre. Y lo hace con una humildad que viene con la experiencia, tanto profesional como vital.
            Para Marsh el juramento hipocrático – non nocere- roza los bordes de la ironía. Cada neurocirugía es potencialmente peligrosa, el médico nunca sabe a ciencia cierta qué se encontrará dentro de la cabeza de su paciente. Además, la más mínima imprecisión puede acabar en una tragedia. ¿Cómo es ser neurocirujano? ¿Qué se siente cortando el cerebro, la fuente de los pensamientos, las emociones y la inteligencia? ¿Cómo vivir después de dejar paralizado a un paciente?
            Sería un craso error pensar que se trata de un libro triste y melancólico. Henry Marsh da varias muestras de su gran sentido de humor, muy británico además, sobre todo cuando critica los absurdos de la burocracia. Resulta que tiene por encima toda una legión de gerentes sin la noción más mínima de la medicina y cuyo papel consiste en controlar el gasto. Es difícil no reírse, aunque sea una risa muy amarga, cuando sus pacientes acaban en alas equivocadas del hospital porque simplemente faltan camas, o cuando los únicos informes médicos a los que puede acceder en el flamante sistema informático son los de las deposiciones.
            Estamos ante un relato muy íntimo, sincero, emocional y emocionante. Un libro que nos permite, creo, ver la profesión de médico desde otra perspectiva. Una lectura fascinante.
Nos reímos juntos durante mucho tiempo. Cuando nos habíamos encontrado por primera vez, sus ojos estaban apagados por los fármacos que eliminan el dolor y, si trataba de hablar, su cara se contraía por un dolor agonizante.
Pensé en lo hermosa y radiante que estaba ahora. Ella se levantó para irse y se fue a la puerta pero luego volvió y me dio un beso.
“Espero no volver a verte nunca”, dijo.
“Lo comprendo perfectamente”, respondí.










domingo, 22 de mayo de 2016

¿Cómo vivir sin certezas y, sin embargo, sin quedar paralizado por las vacilaciones?

Certezas
Madeleine Thien
Alfaguara 2007
           
            Encontré esta novela en las estanterías de la biblioteca a la que acudo normalmente y donde, dado sus exiguos fondos, creía haber visto ya todos sus habitantes. Lo que llamó mi atención fueron la portada y la mención de la ocupación japonesa del sureste asiático durante la IIGM, uno de los temas de los que no me canso de leer.

En lo que tendría que haber sido el futuro, Ansel se giró hacia ella, medio despierto, medio distraído. Se curvó sobre el cuerpo de Gail, y el calor de su mujer lo devolvió al sueño.

            El párrafo inicial de la novela de Madeleine Thien es uno de los más exquisitos que he leído en mucho tiempo. Aun medio dormido, Ansel abraza a su mujer. Desafortunadamente, es tan sólo lo que tendría que haber sido el futuro. Una vez despierto, tomando su café de mañana, Ansel se da cuenta de que Gail no está allí…

            Gail Lim, productora radiofónica, está investigando el caso de los diarios codificados de un soldado canadiense preso en Hong Kong durante la ocupación japonesa. No es consciente de que la historia que tanto la fascina tiene mucho en común con la de su padre, Matthew, quien, durante la IIGM vivió en la parte septentrional de la isla de Borneo.  Como la inmensa mayoría de la gente en su situación, Matthew se niega a hablar de sus experiencias. Afirma que pertenecen al baúl del pasado del que es mejor no sacarlas. El halo de misterio  que rodea la infancia de su padre no hace más que fomentar la curiosidad de Gail. Será en Holanda donde encontrará las llaves a sus secretos y conocerá la historia de Ani.

            Certezas no es una novela de un amor perdido en los tiempos de guerra.  La novela de Madeleine Thien trata más bien del legado de la pérdida y la imprevisibilidad del destino. El título viene de la famosa frase de Bertrand Russell sobre lo que es la filosofía, así parafraseada por uno de los protagonistas:

La filosofía, había dicho Russell, era una manera de enseñarle a uno cómo vivir sin certezas y, sin embargo, sin quedar paralizado por las vacilaciones.



Aunque la portada española no está mal, la original resulta mucho más llamativa, creo.

Los personajes de la novela arrastran pasados complicados, por no decir devastados, por la guerra, las emigraciones forzosas que ésta ha provocado, y el distanciamiento como una de sus consecuencias.  Los ecos de la guerra reverberan con fuerza en la segunda generación de los supervivientes. Hay numerosos agujeros en las vidas de los protagonistas- infidelidades, misterios, secretos- y parece que, mientras éstos van quedando remendados, justo al lado aparecen otros. Algunos de los personajes de Thien intentan comprender su existencia y relacionarse con los demás a través de las ambigüedades del arte. Otros creen en la ciencia como la única certeza.

La novela carece por completo de descripciones de la brutalidad y la crueldad de la guerra. Más bien, muestra el viaje emocional que tienen que emprender los que se vieron afectados por el conflicto bélico para poder encontrar la paz, y  se centra en los pensamientos, sensaciones y decisiones de las personas cuyas vidas han sido manchadas tan profundamente por todo lo ocurrido.

En las palabras de Madeleine Thien hay algo suave y tranquilizador. Es fácil bajar la guardia y creer que la historia va a ser agradable y llena de calma. La autora parece mimar a sus lectores con escenas como el ya mencionado despertar de Ansel para luego asestarnos un duro golpe por atrás con las penas y el sufrimiento que ocultan  sus personajes. No obstante, sus emociones no parecen impulsivas ni turbulentas, sino más bien maduradas en la soledad de los paseos a la orilla del mar, sea en Sandakan (Borneo), en Yakarta, en Vancouver o en la costa holandesa del Mar del Norte. Las emociones de personas muy conscientes de la aleatoriedad del destino, y que por eso no se arrepienten de las decisiones tomadas en diferentes etapas de sus vidas.

Certezas no es una novela de ritmo trepidante. Sin embargo, tanto la historia que desgrana como la belleza del estilo y el lenguaje empleados me han cautivado por completo.

-¿Crees que es posible conocer a otra persona? Al final, cuando se prescinde de todo lo demás, ¿es realmente posible?
-Cuando dices conocer, ¿a qué te refieres?
-A entender.
-Entender, sí. Pero conocer a otra persona…- Sipke hace una pausa-Piensa en conocer como belleza.



miércoles, 18 de mayo de 2016

Cuando un meteorito te da en la cabeza...



El universo contra Alex Woods
Gavin Extence
Seix Barral 2013

         Una lluviosa noche de abril Alex Woods es detenido por la policía en Dover mientras regresa al Reino Unido. En su coche encuentran 113 gramos de marihuana, mucho dinero en efectivo y una urna con cenizas humanas. No es la primera vez que las fotos de Alex se ven en las portadas de todos los periódicos- cuando hace unos años le golpeó en la cabeza un meteorito, el chico se convirtió en una especie de celebridad.
Así empieza la novela con la que debutó Gavin Extence. No obstante, cada historia se puede contar de varias maneras. ¿Qué tal si empezamos de este modo?
Un día Alex Woods, un adolescente inglés de 14 años, vuelve a casa del colegio. Está leyendo una revista de astronomía y lleva una bolsa ecológica llena de comida para su gato y los patos que viven en el estanque del pueblo. Las estrellas del cielo no son demasiado populares con los adolescentes, sin decir nada de las bolsas ecológicas. Pero así es Alex: no le interesa el fútbol, no lleva ropas de marca, no tiene los últimos modelos de los gadgets de moda. Por eso es el objetivo perfecto para los acosadores de su clase. Y cuando éstos empiezan a perseguirlo, a Alex no le queda otra que esconderse en el jardín de un tal señor Peterson.
         Sería un error pensar que, al ser protagonizado por un adolescente, el libro de Gavin Extence es una novela  juvenil. El universo contra Alex Woods no trata únicamente de  los problemas o dudas típicos de esa edad. Alex no es un chico normal y corriente. Le interesan la astrofísica y la neurobiología. Además,  su mejor amigo es un soldado jubilado. El señor Peterson despierta en Alex la pasión por la lectura, sobre todo de los libros de Kurt Vonnegut. Ya que leer no está de moda entre sus compañeros del colegio, nuestro protagonista se siente aún más alienado.
         El mundo de Alex atrapa y atrae. La novela, a pesar de su aparente sencillez, esconde un segundo fondo. De manera asequible habla de temas difíciles e importantes como la amistad, la necesidad de la aceptación social o la soledad. Nos muestra lo complicado que resulta convivir con la gente siendo diferente a las personas que nos rodean, por ejemplo teniendo distintos intereses o aspecto físico (no necesariamente como consecuencia de una enfermedad o accidente). Por esa razón el señor Peterson se convierte en el mejor amigo de Alex. En esta relación el chico por fin experimenta una verdadera cercanía con otra persona.  Pero también tendrá que elegir entre su propio egoísmo y el respeto a los deseos de un ser querido, una tarea muy difícil y de la cual, sin embargo, saldrá victorioso.  No quiero desvelar demasiado pero una de las principales razones por las que esta novela me pareció tan especial es su mensaje libertario, muy humanista y racionalista a la vez. Y que no podría estar más alejado del ideario cristiano…
         Otro aspecto destacable de la novela de Gavin Extence son las numerosas referencias literarias, sobre todo al ya mencionado Kurt Vonnegut- el accidente con el meteorito es tan absurdo que sorprende que no se le haya ocurrido al autor de Matadero cinco. Aparece también El guardián en el centeno. La excentricidad de la madre de Alex, tarotista, así como el misterio que rodea la concepción de éste, traen a la memoria El mundo según Garp de John Irving. Sin olvidar la cicatriz que a nuestro protagonista le dejó el choque con el meteorito, como a Harry Potter la varita mágica de Lord Voldemort. Como gran fan del mago adolescente no pude dejar de pensar en él durante la lectura de El universo contra Alex Woods. No se puede negar que además de la cicatriz les unen el coraje y la inteligencia. Alex parece muy maduro y responsable para su edad. Sus elecciones, su postura moral y la coherencia de sus convicciones podrían avergonzar a muchos adultos.
         La novela de Gavin Extence quizás no sea de las mejores que he leído pero es sin duda un libro muy interesante, con un equilibrio perfecto entre la tristeza, el humor, la sátira y la sabiduría vital.




































domingo, 15 de mayo de 2016

Careful whispers


El libro de los susurros

Varujan Vosganian

Editorial Pre-Textos 2010



Yo soy, sobre todo, lo que no he podido realizar.

La más auténtica de las vidas que llevo, como un puñado de serpientes anudadas por un extremo, es la vida no vivida.

Soy un hombre que ha vivido lo indecible en este mundo. Y que precisamente por eso no ha vivido.

 En El libro de los susurros está prohibido contar las historias en voz alta. Hay que susurrarlas. El libro es una confesión íntima que nos hace el autor sobre su infancia en la ciudad rumana de Focşani y sobre las personas que la marcaron -los viejos de mi infancia, como los llama el narrador - sus abuelos Garabet Vosganian y Sahag Seitanian, así como los amigos y vecinos de éstos. A la mayoría de ellos les une el hecho de ser armenios con suficiente suerte como para huir de Turquía y poder asentarse en Rumanía. Sus historias son el corazón latente del libro de Varujan Vosganian.  

El principio es nostálgico y lleno de melancolía. Los recuerdos de infancia con olor a baclava, fruta y café, e imágenes de los viejos que se reunían en el patio del abuelo Garabet bajo el albaricoquero. Conocemos a los zapateros, los tenderos, un vendedor de nugat, al campanero de la iglesia armenia de Fucşani, al ciego Minas y a muchos más. Muelen los granos de café, hojean los álbumes de fotos, Garabet lee libros en varios idiomas… Juntos visitan el cementerio o entran en la tienda de Sahag Seitanian tan repleta de tesoros que parece  la cueva de Alí Babá. Hay música, los castaños están en flor. Nos trasladamos a un mundo que ya no existe, un poco irreal y mágico, como en Las tiendas de canela fina de Bruno Schulz:

Seguidamente estaba el olor de los escondites. Lugares ocultos, umbríos o a la vista, pero que en contadas ocasiones se abrían y, más apetecibles, los lugares prohibidos. Sin escondites que revolver, la niñez carece de sentido. En realidad, sólo vale la pena ver lo que está oculto. El olor de los escondites se une al silencio, que también tiene sus olores.

Eso es sólo el principio porque pronto conocemos las historias trágicas de los abuelos aunque la magia de los recuerdos infantiles se interponga al drama. No obstante, con el tiempo el relato se vuelve cada vez más oscuro hasta llegar a los Círculos de la Muerte y hablarnos del camino que anduvieron los armenios expulsados de sus pueblos y ciudades en Anatolia. Los acompañamos en su marcha, enterramos con ellos a sus muertos, vemos a sus hijos hambrientos, giramos las cabezas al ver cuerpos con huellas de mordeduras que no han dejado animales. Más de 300 kilómetros a pie, sin comida ni agua, desde Anatolia hasta el desierto Deir ez-Zor en Siria. Los que sobrevivieron la marcha morían a manos de sus guardias turcos. A veces éstos los dejaban a merced de grupos de bandidos kurdos que merodeaban por allí. Un millón y medio de víctimas. ¿De qué crueldad NO es capaz el ser humano?

         El autor mezcla las épocas y lugares. Retrocede hasta finales del siglo XIX para hablar de los primeros pogromos de los armenios, luego viaja a la IIGM y relata la persecución por parte del régimen comunista, habla de los armenios de Fucşani llevados a los gulags o a las cárceles rumanas, de la nacionalización de los bancos y las fábricas, la colectivización forzosa del campo, de las palabras tachadas por censores en las cartas de los que regresaron a la Armenia soviética. El libro de los susurros es también una historia de la lucha y venganza, la historia de la Legión Armenia que llegó con la Wehrmacht hasta Stalingrado y de los que juraron hacer justicia matando a los responsables del genocidio.

         Así presentado, el libro de Varujan Vosganian  parece rebosar de dramas y sangre. Pero eso es únicamente una parte de la verdad. El escritor rumano nos cuenta historias realmente fascinantes sobre personas normales y corrientes que tuvieron la mala suerte de haber nacido en el lugar y el tiempo del horror. Se centra en algunos objetos olvidados y desde su perspectiva narra las experiencias de sus personajes, en las que busca el siempre frágil  equilibrio entre la verdad y las manchas blancas de leyendas y suposiciones. De esta manera nos habla de las armas perdidas del General Dro, el testamento de Hartin Fringhian, la campana de Vadu Roşki donde la Securitate perpetró una masacre de la población en 1957 o de los presagios de la muerte en forma de caballitos de madera.

Vosganian hilvana la narración con mucha destreza, haciendo malabares para contrapesar la inmensidad del genocidio armenio  con las imágenes oníricas y sensuales de su infancia. Como él mismo afirma con mucho tino, recordar le trae paz pero se la quita al lector.

El libro de los susurros no es una lectura fácil. Requiere silencio y concentración para poder oírlos todos. Es un relato poético y realista a la vez, dramático pero que también nos saca algunas sonrisas, bello aunque terrorífico. Un libro que susurra a gritos.













miércoles, 11 de mayo de 2016

Recordando mis mejores lecturas: "Álex" de Pierre Lemaitre


Álex


Grijalbo 2013

Pierre Lemaitre dijo que sólo escribía libros que habría querido filmar el mismísimo Hitchcock. ¿Un José Mourinho de la literatura francesa? Normalmente este tipo de afirmaciones no hacen más que desalentarme de la lectura. Sin embargo,  en este caso, las muy positivas reseñas que vi en diferentes blogs hicieron que le diera una oportunidad. Y ahora creo que Lemaitre tiene toda la razón. Y qué pena que Hitchcock ya no esté aquí para filmar “Álex”...

Una noche de septiembre en París secuestran a una chica. El secuestrador la golpea brutalmente, mete en su furgoneta y lleva  dios-sabe-adónde. Allí la mete en una jaula demasiado pequeña para que pueda ponerse de pie, la cuelga de una soga,  y deja a la chica para que se muera. Pero no sabe que Álex Prévost es un hueso duro de roer…

El secuestro  fue visto por un vecino que, sin embargo, no puede aportar más datos. Sólo que se trata de una chica muy, muy guapa – parece que ser guapo tiene sus desventajas. La policía inicia una búsqueda sin saber a quién están buscando.  Al frente de la investigación se pone, muy a su pesar, el comisario Camille Verhoeven de 1.45 m de estatura (¡no se fuma en el embarazo! o te salen enanos), que sigue sin poder superar el secuestro y la muerte de su mujer 5 años antes. Es meticuloso, directo y, si hace falta, hasta brutal. Le ayudan el riquísimo Louis en sus trajes de Armani y el super-rata Armand. A pesar de apenas disponer de pistas y sólo un testigo, dan con el secuestrador. Éste, huyendo, se tira de un puente y muere bajo las ruedas de un camión. La chica se queda sola en la jaula, rodeada de ratas cada vez más audaces y hambrientas… ¿Pero quién demonios es ella? Cuando la policía encuentra la jaula, está vacía. Y nadie presenta ninguna denuncia, como si nada hubiera pasado… Pero sí que pasó, y mucho.  Tanto y de tal manera, que no sabemos quién es la víctima y quién es el verdugo… Álex resulta ser no sólo una mujer bella sino también muy inteligente, astuta y decidida a perseguir sus objetivos.

Un suspense sigue al otro, hay por lo menos tres grandes giros de acción. Lo que al principio parece ser una simple historia de un secuestro- motivo muy popular en las novelas policíacas- se convierte en un sofisticado thriller. Los sentimientos del lector hacia la protagonista son, como poco, encontrados- se pasa de la pena a un enfado monumental, para acabar en admiración y ganas de darle la enhorabuena por cumplir su plan a pesar de todos los obstáculos. La imprevisibilidad y estupefacción en las que deja varias veces al lector son los mayores fuertes de la novela – cuando ya todo parece ser obvio, el autor gira los acontecimientos de  tal manera, que nos quedamos realmente boquiabiertos.  Lo único seguro es que nada es seguro. Ni siquiera quién  de verdad es la víctima y quién el criminal- las fronteras entre los dos van borrándose mientras avanzamos hacia el final. El lector tiene la impresión de que el autor está susurrándole al oído: mira bien; vuelve a mirar. Porque más o menos en la mitad de la novela todo lo que sabemos acerca de Álex resulta ser totalmente irrelevante. Con cada peluca que tanto le gusta llevar, la señorita Prévost se convierte en otra persona. Y el lector es uno de los muchos  seducidos y embaucados.

La lectura de Álex se la recomiendo a todos los que de un thriller esperan algo más que pura adrenalina y entretenimiento. Os aseguro que Lemaitre os engañará varias veces, jugará con vuestra empatía. Os sorprenderá. Y al final os dejará con un gran dilema moral, riéndose maliciosamente. Y os encantará.


sábado, 7 de mayo de 2016

Recordando mis mejores lecturas: Mil otoños



Mil otoños

David Mitchell

DUOMO EDITORIAL  2011



Me encanta cuando una buena lectura lleva a la otra. Así fue en este caso: la absolutamente brillante Amsterdam:  A History of the World’s Most Liberal City de Russell Shorto hizo que por fin leyera una de las novelas de la larguísima cola de tengo que leerlo en esta vida, la muy elogiada Mil otoños de David Mitchell.  De esta manera, desde la comodidad de mi sofá y al calor de la chimenea, hice el mismo viaje que los protagonistas del libro – desde Holanda a Nagasaki, o más precisamente, a Deshima, una isla artificial construida en la bahía de Nagasaki.
Allí llega en verano  de 1799 un joven escribano de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC), Jacob de Zoet. Su misión en Deshima, el único lugar donde estaban entonces permitidos contactos entre japoneses y europeos, va a durar 5 años. En ese tiempo pretende reunir una fortuna para poder, a la vuelta a Holanda, casarse con su amada Ana.  La VOC, en sus últimos estertores, está corroída por la corrupción –los empleados hacen negocios con los japoneses por su propia cuenta o como intermediarios entre éstos y la compañía, asegurándose pingües beneficios (parece que poco ha cambiado desde aquella época). Jacob, un idealista de 26 años, o sea con poca experiencia, se ve envuelto en una telaraña de intrigas, odios, reproches y envidias típicas de un pequeño y cerrado grupo de personas que, fuera de la temporada comercial (unos 3 meses al año cuando viene el único barco con mercancías), simplemente no tienen nada que hacer y se aburren. Los contactos con los japoneses están restringidos a los intérpretes y esposas.  Están prohibidos todos los símbolos cristianos- en el intento de preservar su libro de salmos Jacob logra acercarse a uno de los intérpretes, Ogawa Uzaemon, entusiasta de la ciencia y cultura occidentales. Entablan una amistad que va a cambiar la vida de los dos… El libro prohibido no es el único secreto de Jacob: el holandés pelirrojo se enamora de una comadrona japonesa, Orito Aibagawa.  La conoce en Deshima, donde la joven es la única mujer a la que se permite estudiar medicina bajo la tutela del médico del enclave comercial, doctor Marinus. Un día Orito desaparece. Aparentemente su madrastra la vendió como monja a un misterioso y aislado monasterio.

Así empieza la fascinante historia de Jacob, Uzaemon y Orito. No es un triángulo amoroso- nada por el estilo. Sí, el amor es uno de los principales ejes de la historia, pero detrás se esconden muchas más cosas. El poder, el ansia de conocimiento, un fanático convencimiento de la infalibilidad de uno, codicia – éstos son los factores que llevarán a un terrible drama que los lectores vamos a presenciar como testigos impotentes.  

Mil otoños es una novela de acción con persecuciones, batallas navales, samuráis y muchos secretos. Dividida en tres partes está preparada para convertirla en el guión de una trilogía cinematográfica. Engancha sin piedad presentando de forma muy gráfica un mundo del que ignoramos casi todo.  Las callejuelas de Nagasaki, las casas de madera de Deshima, los caseríos de los ricos y poderosos funcionarios japoneses, las chozas de los pobres, el monasterio y, sobre todo, las inescrutables costumbres y el mutismo del Japón de la era Edo están descritos con una impresionante riqueza de detalle.  Visitamos palacios, jardines, presenciamos batallas y unos cuantos procedimientos médicos que difícilmente podremos borrar de la memoria… A ver si esta novela encuentra a su Peter Jackson.
 Lo único que faltaría en la versión cinematográfica serían los olores – Mil otoños es una novela que huele,  como El perfume de Patrick Süskind. E igual que ésta, huele mal. En realidad  apesta. Como os podéis imaginar, el hedor lo desprenden los holandeses cuya higiene personal deja mucho que desear según los estándares  tanto nuestros como los japoneses de la época. Es tan sólo uno de los muchos contrastes entre los europeos y los  habitantes del País de Mil Otoños.  Mitchell convierte a Japón en uno de los protagonistas de su novela. El lento y solo parcialmente fructuoso proceso de la asimilación de Jacob nos brinda la oportunidad de disfrutar de la exótica realidad que rodea a los holandeses en Deshima. Las descripciones de algunas costumbres japonesas, el creciente con el tiempo número de personajes nativos en el libro y el gradual traslado del centro de los acontecimientos desde el enclave holandés a Nagasaki y más allá, crean un fantástico ambiente.  No podemos aburrirnos de Japón porque nunca tenemos demasiado. Todo el tiempo está en el fondo de la historia, la acompaña. El autor siembra en  nosotros el anhelo de saber más, descubrir, poder saborear  el Oriente como Jacob saborea un caqui del huerto de Orito.
Sin embargo, el verdadero atractivo de la novela reside en sus protagonistas. El  gran choque de culturas que presenciamos hace que todos tienen que revisar sus opiniones sobre el mundo y la vida, madurar. Mitchell se compadece de sus personajes pero no se apiada de ellos. Los recrea en un mundo que decide por ellos.  Monjes y científicos, jueces y samuráis, europeos y japoneses, ricos funcionarios y pobres mujeres del campo o esclavos – nadie puede elegir su destino.  Como Orito, quien, gracias a salvar casi milagrosamente al hijo recién nacido del magistrado de Nagasaki, tiene concedido el deseo de estudiar medicina occidental en Deshima. Sin embargo, pronto resultará que el milagro ha sido también una maldición para la partera. Éste es el destino que espera a todos los protagonistas-  socarrón, imprevisible, maravilloso y temible al mismo tiempo. En la escena final dos personajes están jugando al go, un juego tradicional chino.
No ha sospechado nunca que no somos nosotros los que jugamos al go, sino el go que nos juega a nosotros?- pregunta uno de ellos.
La verdad es que no puedo decir nada malo de Mil otoños. No me sorprende que haya sido galardonada  con varios premios como Commonwealth Writers Prize 2011, el Libro del Año de NYT y fue nominada al Man Booker Prize for Fiction 2010. La única pega que encuentro a la edición española es la portada- ¿de dónde han sacado este uniforme de la IGM? Una vez más me quedo con la portada original. Me encantan los caquis.