“No book worth its salt is meant to put you to sleep, it's meant to make you jump out of your bed in your underwear and run and beat the author's brains out.” ― Bohumil Hrabal

domingo, 27 de marzo de 2016

No hay segundas oportunidades en el mundo que vendrá


El mundo que vendrá

Dara Horn

Destino 2008
en inglés: The World To Come
Norton 2006 





         Benjamin Ziskind, el autor de preguntas para un concurso televisivo, participa un día en un cóctel para solteros organizado en el Museo de Arte Hebraico en Nueva York. Allí ve colgado en una de las paredes el cuadro de Marc Chagall que antes adornaba el salón de la casa de sus padres. Y se lo lleva…

         ¿Un thriller? ¿Una novela policíaca? Al empezar la lectura no lo tenía muy claro. Me hice con el ebook después de la recomendación de Yossi y allí se quedó tranquilo, esperando su turno. Lo rescaté del agujero negro de mi Kindle cuando, hace poco, Yossi reiteró su recomendación de leer las novelas de Dara Horn. Al empezar la lectura me pasó lo mismo que a la protagonista del videoclip de Take on me de AHA- ¿os acordáis de la mano que sale del cómic y se la lleva? Es lo que me ocurrió a mí con esta novela: me engulló.

         El mundo que vendrá de Dara Horn cuenta una historia de una belleza asombrosa, arraigada profundamente en la cultura yiddish y que, a través del misterio del cuadro de Chagall, descubre los secretos de la familia Ziskind y de la tortuosa relación de amistad y envidia entre dos grandes artistas de origen askenazí: Marc Chagall y Der Nister. Retrocedemos en el tiempo hasta los años 20 del siglo XX y viajamos de la Rusia bolchevique aún soñadora con un mundo mejor hasta el Vietnam durante la invasión norteamericana, para acabar  en los EE.UU. de los principios del siglo XXI.
Estudio para Sobre Vítebsk, Marc Chagall

         La novela arranca con el robo del Estudio para Sobre Vitebsk, un hecho real ocurrido el 7 de junio de 2001. El cuadro fue encontrado en febrero del año siguiente en una oficina de correos en Kansas. La autora se inspiró en ese suceso para crear la trama ficticia de esta maravillosa saga familiar dotándola con unos personajes inolvidables, perfectamente definidos en sus flaquezas y fortalezas, unos escenarios asombrosos y, sobre todo, adornándola con los cuentos de los judíos askenazíes.

What made her angry was art that no one looked at, things that were hidden that needed to be seen.

Esta frase habla de la autora misma. Dara Horn parece haber utilizado su novela para sacar del agujero negro del olvido las fabulosas historias yiddish de Itzik Manger, Sholem Aleijem, I.L. Peretz o Der Nister, relegadas a los confines del universo literario como consecuencia del declive del idioma en el que se escribieron.  Las conocemos porque Rosalie, la madre de Benjamin, las plagia en sus libros infantiles ya que de otra manera nadie quería publicarlas. Son simplemente maravillosas, nos abren la puerta a un mundo desconocido, con una manera de ver y entender el mundo totalmente distinta a la que estamos acostumbrados.

No obstante, no olvidemos que gran parte de la novela está ambientada en la Rusia soviética, el régimen más kafkiano que ha existido jamás. Y uno de los más brutales y asesinos, como podemos observar siguiendo el trágico destino de Der Nister y sus colaboradores del Comité Judío Antifascista. Entre ellos se encontraba el abuelo de Benjamin, Boris Kulbak:

He was an engineer, married to a biologist, working in the most progressive country in the world, and he could barely afford to feed his five-year-old daughter.

Creo que las historias y los personajes creados por Dara Horn se quedan con sus lectores  para siempre.  La estancia de Chagall y Der Nister en el orfanato de Malakhovka, la vida de Boris Kulbak, el abuelo materno de los gemelos Benjamin y Sara Ziskind, la guerra de Vietnam en la que participó su padre, el gran amor que sintió por Rosalie – me encanta la manera en la que el presente hace eco del pasado, alabando la vida y reafirmando su valor a pesar de los horrores que nos infligimos unos a los otros. Y para poner la guinda al pastel el último capítulo que ha sido para mí una revelación, cautivando mi imaginación y dejándome deslumbrada y fascinada. Una gran novela.

There used to be many families like the Ziskinds, families where each person always knew that his life was more than his alone. Families like that still exist, but because there are so few of them, they have become insular, isolated, their sentiment that the family is the center of the universe broadened to imply that nothing outside the family is worth anything. If you are from one of these families, you believe this, and you always will.




















sábado, 19 de marzo de 2016

Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro.


El lector del tren de las 6.27


Jean-Paul Didierlaurent

Seix Barral 2015



         Guibrando Viñol tuvo la mala suerte de nacer a unos padres necios y tontos, de esos que ponen a sus hijos nombres raros o ridículos que los condenan a una vida llena de burlas y humillaciones. A sus 36 años es una persona solitaria muy a su pesar.

En treinta y seis años de existencia, había acabado por aprender a ser olvidable, a convertirse en invisible para no provocar las risas y las burlas que estallarían sin parar en cuanto la gente cayera en la cuenta. No ser ni guapo ni feo, ni gordo ni flaco. Solo una vaga silueta entrevista en el borde del campo de visión. Fundirse con el paisaje hasta negarse a sí mismo y limitarse a ser un lugar ajeno nunca visitado. Durante todos esos años, Guibrando Viñol se había pasado todo el tiempo renunciando a existir, así de sencillo (…)

         Para ser un gran amante de la literatura tiene una profesión extraña- es operario en una planta de reciclaje de papel. Está a cargo de La Cosa – una Zerstor Fünf Hundert- una enorme máquina capaz de destruir miles de libros cada día. La máquina, como no puede ser de otra manera, es de producción alemana: Zerstor 500, del verbo zerstören, que significaba destruir en la hermosa lengua de Goethe. En este momento lo primero que me viene a la memoria es La Quema de Libros en Bebelplatz  en Berlín en 1933. Y luego Fahreheit 451 de Ray Bradbury, donde el protagonista intenta salvar algunos libros a pesar de la prohibición. En la novela de Didierlaurent ocurre algo parecido: Guibrando, mientras limpia La Cosa, todos los días saca a escondidas de su interior un puñado de páginas sin destruir. La mañana siguiente las lee en voz alta en el tren que coge a las 6.27 para ir a trabajar. Es su misión, lo que da sentido a su existencia solitaria. Hasta que un día viene la revolución en forma de un pendrive perdido en el tren…



La vida de Guibrando, al igual que las de los demás protagonistas de la novela, gira en torno a los libros. La literatura acerca a las personas, a veces trae alivio en el sufrimiento o se convierte en una forma de terapia. El guardián de la fábrica habla en alejandrino, hay una señora de los lavabos que escribe – ¡y cómo escribe!, los ancianos de una residencia viven únicamente para sus sesiones semanales de lectura y todos los pasajeros del tren de las 6.27 callan cuando Guibrando empieza a leer. Sí, la novela de Jean-Paul Didierlaurent es un homenaje a la literatura y a nosotros, los lectores.

La historia que cuenta El lector del tren de las 6.27 destaca por su ligereza y frescura. Además, da varios giros inesperados y asombrosos. Escrita con un estilo indirecto, un poco irreal, la novela guarda un cierto parecido con la ya mítica película Amélie. En mi opinión, esa semejanza se debe sobre todo a los protagonistas – personajes supuestamente anodinos que, sin embargo, son capaces de encontrar la chispa que les falta para que sus vidas sean de lo más curiosas y llenas de emoción. Porque Jean-Paul Didierlaurent escribió un divertido e inteligente libro sobre  nuestro eterno deseo de huir de este mundo tan opresivo hacia las realidades alternativas, como las creadas en la literatura. La novela critica también, aunque con gran dosis de humor, el negocio editorial de hoy en día que necesita deshacerse del exceso de volúmenes para poder seguir imprimiendo más sobre el papel reciclado. Pero sobre todo, El lector del tren de las 6.27 nos habla de cómo se puede leer un libro. Leyendo fragmentos de diversas obras Guibrando nos demuestra que la literatura es bastante camaleónica, capaz de cambiar de color dependiendo del contexto en el que nos acercamos a ella. Y que podemos no solo salvarla sino que también convertir en ella nuestro alrededor.






viernes, 11 de marzo de 2016

La vergüenza del honor


El fruto del honor

Elif Shafak

Lumen 2012













Elif Shafak ha vuelto a cautivarme con su prosa. La primera vez lo hizo con la historia de una familia armenio-turca en La bastarda de Estambul. Ahora me llevó a un pequeño y polvoriento pueblo kurdo en el este de Turquía para hablarme de otra familia, esta vez turco-kurda, que, como tantos compatriotas suyos, tuvo que emigrar buscando ¿una vida mejor?

En la Turquía profunda la vida sigue igual que hace siglos.  En una sociedad patriarcal como la kurda o la turca el hombre es la cabeza de la familia, las mujeres rezan por engendrar hijos varones y los padres casan a las hijas como si de una venta de cabras se tratara.  El hombre puede hacer lo que le da la gana. Ni su autoestima ni la percepción que tienen de él los demás se ven perjudicadas si comete adulterio, se emborracha todos los días, es ludópata o  un vago que prefiere vivir de los subsidios que trabajar. Nadie le reprocha nada, ni siquiera cuando abandona a su familia sin medios de vida- esto es por culpa de la mujer quien no supo mantenerlo en casa. Porque el honor del hombre está entre las piernas de la mujer y solo ella puede deshonrar a la familia. Y la deshonra se paga con la cabeza…

Porque en esta tierra donde nacieron Rosa Destino y Belleza Suficiente el honor siempre ha sido algo más que una palabra. Era también un nombre (…) El honor lo tenían los hombres. Los ancianos, los de mediana edad, incluso los chicos tan jóvenes que todavía olían a la leche materna. Las mujeres no tenían honor. En su lugar tenían la vergüenza.

            La cultura y las costumbres marcan la identidad de cada uno. Resulta muy difícil cambiar las creencias arraigadas – es un proceso que requiere mucho trabajo y buena voluntad de todas las partes. En el caso de la familia Toprak, los protagonistas de la novela de Shafak, como de la inmensa mayoría de los inmigrantes, no basta con que se muden a Londres para que se conviertan en occidentales. Sus vidas empezaron a torcerse todavía en Turquía, cuando Adem decidió casarse con Pembe (Destino Rosa) en vez de su hermana gemela Yamila (Belleza Suficiente), de quien estaba enamorado. Una vez en Inglaterra, Adem se aleja cada vez más de su mujer, hasta el punto de abandonarla a su suerte -  y a cargo de los tres hijos que tienen en común. Pembe, por muy atrevida e ingeniosa que pudiera parecer de joven, arrastra las huellas de su propia educación- desprecia el país y la cultura que la acogieron, no aprende el idioma, favorece a sus hijos varones mientras lo único que le preocupa e interesa en cuanto a su hija está relacionado con los comportamientos sexuales. Al igual que su padre en Kurdistán, no sabe nada sobre sus hijos, no tiene la menor idea de sus anhelos e inquietudes. Pembe está enjaulada por las tradiciones y convencionalismos típicos de su lugar de origen. Es una esposa musulmana obediente que no se atreve a quejarse ni siquiera cuando su marido abandona la casa porque se ha enamorado de una prostituta. Pero sí se siente consternada cuando conoce a otro hombre. Desafortunadamente, empiezan a correr rumores, la familia se preocupa por su honor… El conflicto cultural lleva a la tragedia.

Shafak, una turca educada en el Occidente, demuestra su profundo conocimiento de las dos tradiciones literarias: la parte de la trama que se desarrolla en Turquía contiene numerosos elementos típicos para los cuentos orientales, mientras lo que ocurre en Londres trae a la memoria las novelas de Zadie Smith. En El fruto del honor se mezclan las voces de Pembe, Aden, sus hijos e Yamila, cuya vida siguió un curso totalmente distinto al de su hermana gemela. De esta manera Elif Shafak nos obsequia con una extraordinaria saga familiar contada con gran sutileza, ambientada a caballo entre dos culturas muy diferentes, con unos personajes complejos y multidimensionales.

            La escritora vuelve a meter el dedo en la llaga de los tabúes de la sociedad turca: mientras en La bastarda de Estambul la herida abierta era el genocidio armenio, en El fruto del honor nos acercamos a la lacra de los llamados crímenes de honor.   Poco ha cambiado desde los años 70 y 90 del siglo pasado, donde nos ubica la trama de la novela, aunque no se puede negar que hoy estemos más concienciados con este tema. Al fin y al cabo, no deja de ser otra manifestación de la violencia machista, la vieja conocida de tantas mujeres de los países supuestamente civilizados en el mundo occidental. Resulta difícil comprender que algo tan abstracto como el honor pueda ser más importante que el reflejo innato de proteger a los seres queridos. Las actuaciones de algunos de los protagonistas despiertan la rabia y la frustración, pero, al mismo tiempo, también la pena. La sugestiva narración de Elif Shafak  nos hace sentir no sólo la repulsa sino que también ayuda a que nos demos cuenta de lo desdichados que son los que se dejan encadenar por los convencionalismos. No son más que víctimas de un sistema de valores que cosifica a la mujer convirtiéndola en un objeto que, cuando empieza a causar problemas, se puede desechar… Lo realmente triste es el hecho de que sean las mismas mujeres las que educan así a sus hijos – el machismo femenino es algo que no deja de asombrarme.

No obstante, las relaciones intrafamiliares no son el único tema tratado en la novela. Elif Shafak analiza también las razones por las que la segunda generación de los inmigrantes, la que fue a los mismos colegios que los niños autóctonos y, en este caso, habla con el acento del norte de Londres, rechaza todo lo que su país de residencia le ofrece, se radicaliza  y vuelve a sus raíces. Por otro lado, la amarga historia de Adem nos muestra el rostro oculto de la inmigración, la imposibilidad de convertirse en otra persona a causa del bagaje personal que arrastramos, y no como consecuencia de las diferencias culturales: los ganadores vuelven a ganar mientras los perdedores vuelven a perder.

El fruto del honor es una novela de gran belleza, con una narración fluida en la que cada palabra tiene su significado y está en su sitio. Pero, sobre todo, manda un mensaje muy claro. Despierta en el lector una verdadera tormenta de emociones y las ganas de rebelarse contra la injusticia, la crueldad y la total falta de comprensión para con las mujeres en el mundo musulmán. Una cultura que  aprueba la violencia pero condena el amor si es por la iniciativa de la mujer, donde la mujer es la culpable si la violan y tiene que aguantar sin rechistar si la han casado con un maltratador. Porque si se atreve a regresar a la casa de sus padres puede ocurrir que su propia madre le ofrezca una soga para que se ahorque, como pasó con una de las hermanas mayores de Pembe e Yamila.

            Estamos ante una novela de múltiples capas, sobre un verdadero choque de civilizaciones y el amor a la sombra del honor. Creo que se merece mucha más atención de la que ha recibido, también por la triste actualidad de los temas que trata. No la dejéis pasar.







miércoles, 9 de marzo de 2016

He reducido el mundo a mi jardín...


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Pablo Simonetti

Alfaguara 2015



         En el jardín de mi infancia había un enorme nogal. Recogíamos las verdes nueces inmaduras caídas al suelo que nos manchaban los dedos de un marrón imborrable y, en pleno mes de agosto, dejaban un olor a otoño. Jugábamos al bádminton en el césped, intentando no pisar las caléndulas y las dalias que crecían en los parterres. Nos pinchábamos los dedos intentando olfatear las rosas y admirábamos incrédulos la perfección de un nido de gorrión abandonado que encontramos entre las tuyas.

         En el jardín donde pasó su infancia Juan, el protagonista de la novela de Pablo Simonetti, había un enorme tulipero que él y sus hermanos trepaban por las tardes. Bajo la sombra de tres quillayes, enormes árboles típicos en Santiago de Chile, su madre cultivaba varias azaleas, rododendros y camelias, plantas acidófilas muy difíciles de cuidar por aquellos lares.


A través de los años, mi madre había perfeccionado un calendario de enmiendas a la tierra que le permitía conservar el suelo enriquecido y acidificado, protegiendo sus tesoros de los efectos de la temida clorosis. Había estudiado también las cuotas de riego y durante las tardes más calurosas del verano les daba un baño refrescante.
La flor de tulipero
https://www.flickr.com/photos/fotosdecesar/3437964589

En el año 2000 doña Luisa es una viuda de 76 años. Vive en su casa acompañada de una sirvienta, y sigue cuidando de su jardín. Pero el mundo alrededor ha cambiado. El elegante barrio de clase media-alta está medio vacío ya que numerosos chalés han sido abandonados  después de la muerte de sus dueños. Santiago está convirtiéndose en otra urbe de rascacielos y urbanizaciones cerradas con piscina y zonas verdes comunes. El hijo mayor de Luisa, Franco, heredero del exitoso negocio familiar, ha recibido una oferta muy suculenta por la finca de sus padres. Parece que es ahora o nunca. Además, todos necesitan dinero. Sólo Juan da la impresión de comprender la reticencia de su madre a la hora de tomar la decisión.

Lo que sigue puede parecer la archiconocida historia de envidias y odios fraternales, de las relaciones familiares enmarañadas y sumidas en el fango de los convencionalismos. No obstante, todo depende de la forma en la que se enfoca y cuenta la historia. Y en este caso estamos delante de una novela pequeña de tamaño pero enorme por las emociones que transmite en tan solo 109 páginas: el amor y la pasión de Luisa por su jardín, el amor de Juan por su madre, la rivalidad entre los hermanos, el egoísmo de los hijos frente al amor de la madre quien sacrifica por ellos lo más importante que tiene, la nostalgia por la vida que se escapa y de la que solo quedan las plantas del jardín…  Simonetti nos introduce a los secretos de la familia con una prosa cuidada, casi lírica, que, sin embargo, es capaz de expresar mucho con pocas palabras. El libro está adornado con las preciosas imágenes de flores en blanco y negro hechas por José Pedro Godoy, pareja del escritor chileno, que dulcifican y suavizan la dureza oculta de la historia. Una novela para saborear, admirar y reflexionar sobre lo que realmente importa en la vida.


Esa tarde no fui capaz de revivir ningún recuerdo de niñez. Las consecuencias que tuvo la venta de la casa habían cristalizado en una costra de indiferencia. Mi memoria se rehusó a cruzar la puerta de madera y entrar en los cuartos de paredes blancas y cielos entablados. Ni siquiera se atrevió a internarse a través del camino que se iniciaba en  una portezuela de la reja y que luego de rodear el ala de los dormitorios desembocaba en el jardín.




miércoles, 2 de marzo de 2016

Lecturas para un 8 de marzo




 



Como llevo toda mi vida celebrando el 8 de marzo- Día Internacional de la Mujer- este año tampoco puedo faltar a la cita. Igual que en 2015, l@s que pertenecemos al grupo Tarro-Libros vamos a proponer lecturas para ese día. Aunque mucho ha cambiado desde los tiempos de la infame Guía de la buena esposa, el camino por recorrer sigue siendo largo y tortuoso en varios lugares del mundo. Por eso esta vez propongo un libro que nos lleva a Líbano – La mujer del papel de Rabih Alameddine.



La novela nos introduce a una mujer musulmana, repudiada por su familia y por la sociedad por no haber tenido hijos, que dedicó toda su vida a la literatura como lectora y traductora. Aquí tenéis mi reseña del libro.

Los libros en sí mismos casi nunca son aburridos, excepto las memorias de los presidentes de Estados Unidos (no, no, Nixon); o mejor dicho, las memorias de los estadounidenses en general. Es el síndrome “Vivo en el país más rico del mundo, pero compadeceos de mí porque de joven tenía los pies planos y una vagina maloliente, pero al final he triunfado”. ¡Puaj!



Libros en cajas, cajas de papel, de hojas traducidas sueltas. Eso es mi vida.



Hace ya mucho que me abandoné a una lujuria ciega por la palabra escrita. La literatura es mi caja de arena. En ella juego, construyo mis fuertes y castillos, me lo paso en grande. Lo que me da problemas es el mundo que hay fuera de ese parque. Me he adaptado dócilmente, aunque no de manera convencional, a ese mundo visible para poder retirarme sin muchos inconvenientes a mi mundo de libros. Para continuar con la metáfora, si la literatura es mi cajón de arena, el mundo real es mi reloj de arena, un reloj que se vacía grano a grano. La literatura me da vida, y la vida me mata.



Bueno, la vida nos mata a todos.