“No book worth its salt is meant to put you to sleep, it's meant to make you jump out of your bed in your underwear and run and beat the author's brains out.” ― Bohumil Hrabal

jueves, 24 de septiembre de 2015

Un puerto seguro


Puerto Escondido

María Oruña

Destino 2015

 

¿Qué fue lo último que quiso ver su madre? ¿El mar abierto? ¿Aquel cementerio? El ángel alado que lo dominaba, blandiendo una espada, parecía a punto de despertar a la vida, de quebrar una delgada película pétrea bajo la que se ocultaba carne y músculo real. Aquella estatua de mármol blanco desgastado, con furia templada en los ojos, había sido testigo del último momento secreto de su madre.



Ese ángel alado no puede ser otro que el Ángel Exterminador, el guardián del cementerio de Comillas, Abaddon de Josep Llimona. Es allí, en Cantabria, donde se desarrolla la trama de la novela de María Oruña.  Y fue precisamente esta espectacular ambientación la razón por la que me acerqué a Puerto Escondido.

Me imagino que, si heredara una vieja casona en Suances, haría lo mismo que el protagonista de la novela, Oliver Gordon, y me mudaría allí para convertirla en un hotel. Lo que no sé es cómo actuaría después de que se descubriera, escondido en una pared en el sótano de la casa, el cadáver de un bebé. Oliver, a pesar de todo, sigue con su plan. Pero hay un problema- el macabro descubrimiento parece haber abierto una caja de Pandora: amenazas, asesinatos o sus intentos, un suicidio… La llave del enigma tiene forma del dios azteca Tlaloc, y el equipo de Guardia Civil a cargo del caso tendrá que desenterrar varios secretos del pasado para poder entender el presente.

Puerto Escondido es una novela a dos voces, donde los capítulos acerca de la investigación policial se entrelazan con las memorias de un desconocido contándonos la historia de una familia humilde del pueblo cántabro de Hinojedo. El Diario empieza el 18 de julio de 1936, el día del inicio de la Guerra Civil Española, y es un asombroso relato sobre el poder destructivo de una ambición desmedida.  Las dos partes de la novela mantienen su autonomía estilística y, lo más importante, no se restan la importancia una a la otra. La autora dosifica el suspense con tal destreza que resulta difícil interrumpir la lectura. Menos mal que la respiración es un proceso mecánico e involuntario porque los secretos familiares que descubrimos en Puerto escondido nos dejan sin aliento, al igual que las vistas desde los acantilados cántabros. La trama está muy estrechamente vinculada con los lugares en los que se desarrolla, los preciosos pueblos cántabros de Comillas, Santillana del Mar y Suances, lo cual, sin duda, constituye otro punto fuerte de la novela. Su lectura ha sido una delicia con sabor a quesada. Muy recomendable.
 
Casa del Duque en Comillas, donde vive una de las protagonistas

La vida sólo es presente y futuro, pero el pasado se entreteje como un peso de seda y de acero en la espalda y en los pasos del que camina. Debo seguir contando cómo ocurrió todo.
 
 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Navigare necesse est, vivere non est necesse.


Nosotros, los ahogados

Carsten Jensen

Salamandra 2010

 

Isaksen consultó la brújula y marcó el rumbo. Explicó con bellas palabras nuestras habilidades para navegar por la vida, incluso ante las mayores dificultades; pero olvidó algo importante en el arte de navegar: no miras sólo la brújula, también miras el aparejo, lees las señales de las nubes, observas la dirección del viento, la corriente y los colores del mar, buscas una súbita rompiente que puede anunciar un escollo. Tal vez no sea así con un barco de vapor, pero desde luego que lo es en el barco de vela, y en ese sentido el barco de vela está más cerca de la vida que el de vapor: no basta con saber adónde quieres ir, porque la vida, igual que la ruta del barco de vela, no consiste prácticamente más que en rodeos, causados bien por la calma chicha, bien por la tormenta.

            Marstal es un pequeño pueblo en la isla danesa de Ærø. Sus hombres siempre se han ganado la vida en el mar, zarpando en travesías interminables por dinero  o simplemente por aventura. Muchos de ellos nunca han regresado. Corre el año 1848, Schleswig-Holstein quiere librarse de la dominación del Reino de Dinamarca. Estalla la guerra. Entre el humo y disparos de los cañones, los habitantes de Marstal luchan en el mar por la gloria de su rey. A poco tiempo del fin del conflicto, el más atrevido de los marinos daneses, Laurids Madsen, desaparece en circunstancias poco claras. Años más tarde, su hijo Albert sale en su busca. Ya anciano, ayudará a criar a un futuro marinero quien, al igual que sus antepasados, se embarcará en contra de la voluntad de su madre.

Nosotros, los ahogados es una saga de cuatro generaciones de marineros y sus familias, con la historia de Dinamarca en el fondo- desde la guerra de 1848 hasta el fin de la IIGM en 1945. Es también un relato de los verdaderos lobos del mar que nos lleva de viaje desde las costas danesas hasta Samoa, Terranova, Tasmania o el Mar Blanco.

Laurids Madsen estuvo en el Cielo, pero volvió a bajar gracias a sus botas. – ya la primera frase de la novela suena como el preludio de una gran aventura. Carsten Jensen nos invita a su pueblo natal, el puerto danés de Marstal, cuando aún vivía del mar, respiraba el mar y se alimentaba del mar. Desafortunadamente, pronto empezó a perder su identidad cuando el mar dejó de recibir los cuerpos de los marineros y éstos tuvieron que ser enterrados en el cementerio. Presenciamos también el fin de ese mundo, cuando el puerto se llenó de los últimos ahogados en mayo de 1945.

Entramos en el universo de las personas marcadas por el mar. Conocemos a un marinero quien vio el culo de San Pedro pero volvió con los vivos, y a su hijo que lo busca en las aguas del mundo. Entramos en la casa de una viuda que ha decidido castigar al mar y en los sueños proféticos de un anciano, para luego ver con terror cómo éstos se cumplen. Carsten Jensen nos brinda la oportunidad de experimentar en nuestras propias carnes cómo es la vida y muerte de un marinero. El autor danés nos habla de los casi 100 años en la historia de su pueblo- una historia llena de guerras, tanto las que encontramos en las páginas de los libros, como los conflictos pequeños, locales, privados e internos entre los marineros, entre sus viudas y el mar, entre las madres y los hijos… Volvemos a ver la guerra, esta vez desde el agua y la perspectiva de la cubierta de un barco.

El mundo de la novela podría parecer casi de ensueño si no fuera por la brutalidad de la vida que no ahorra a sus lectores. Es más bien un cuento para los adultos sobre las tragedias humanas, sobre lo que tiene que acabar para dar paso a un nuevo comienzo. Incluso la guerra, tan horrenda e incomprensible, se funde en los avatares de la vida. El mar es la alegoría del mundo. El marinero, este viajero eterno, puede ir donde le plazca, es el dueño de todo lo que lo rodea. No se guía por los sentimientos, por el romanticismo o patriotismo. Lo que convierte Nosotros, los ahogados en una lectura fascinante es precisamente su falta de patetismo, la sencillez de la vida y la manera en la que el autor logra captar la realidad.

La novela es un registro de la memoria colectiva de los habitantes de Marstal. Por eso el autor empleó el narrador colectivo- nosotros- los que recordamos y contamos los acontecimientos de aquellos tiempos. En la trama se entrelazan los hilos realistas con los fantásticos, así como algunos motivos sacados de las novelas de aventuras con los hechos históricos, por ejemplo el viaje alrededor del mundo de James Cook. El resultado de esta mezcla es una lectura inolvidable. Parece tener el mismo encanto y peligro para el lector que el canto de las sirenas para un marinero: lo seduce, atrapa y no suelta. Quedé totalmente prendada de la expedición de Albert al Pacífico, una de las historias más fascinantes que he leído jamás, con su peculiar adorno en forma de una cabeza reducida y un alijo de perlas.

Mientras escribo esta reseña, el libro está al lado del teclado. Lo acabé ayer pero las imágenes de Marstal siguen conmigo, protegidas por el rompeolas, ensordecidas por el rugido del mar, envueltas en una niebla espesa. Los ahogados pasean cerca del puerto, se preparan para festejar el fin de la guerra. Sólo yo –la que tengo que despedirme de la novela- parezco triste entre la muchedumbre.


 










jueves, 10 de septiembre de 2015

Fly, little bird!


Alondra

Dezső Kosztolányi

Ediciones B, 2008

en inglés: New York Review Books 1993

 

“I,” she began in her thoughts, as we all do when thinking of ourselves.
But this I was her, something, someone whose life she really lived. She was this I,  in body and in soul, one with its very flesh, its memories, its past, present and future, all of which we seal into a single destiny each time we face ourselves and utter that tiny, unalterable word: “I.”

            Hace 116 años, al principio de septiembre de 1899, unos padres preparaban la maleta de su hija que iba a pasar unos días en la casa de sus tíos. Vivían en Sárszeg en Hungría (en realidad Szabadka, hoy Subotica en Serbia). En aquella época esos territorios formaban parte de Kakania- el multiétnico Imperio Austrohúngaro bajo el mando del emperador Franz Josef. Las mujeres llevaban corsés, los hombres lucías  bigotes  extravagantes y  la sociedad se regía por una serie de preceptos muy distintos a los de hoy.
 

                        La pareja ocupada cerrando la maleta de su hija son los Vajkay, los protagonistas de  Alondra: Akos, un funcionario retirado de 59 años, y su mujer a quien éste llama Madre. Su hija, la titular Alondra, una fea solterona de 35 años, está a punto de viajar a la casa de unos familiares. La vida de los Vajkay es monótona y limitada a los quehaceres diarios: nada de entretenimiento, nada de vida social, nada de placeres- ni siquiera la comida que se prepara en su casa lleva especies. ¿Son infelices? Parece que bordar manteles (Alondra), la costura (Madre), los libros heráldicos (Akos), el pasear, la misa de los domingos y su propia compañía constituyen el suficiente relleno para sus vidas. Los padres sobreprotegen a su hija, la quieren demasiado y se preocupan por ella como si fuera una niña de 5 años. Alondra les corresponde con una entrega absoluta. Cuando se va a pasar una semana en la casa de sus tíos, la despedida en la estación del tren cobra dimensiones apocalípticas. Es durante esa semana de finales del verano cuando se desarrolla la acción de la novela y cuando los tres toman conciencia de la farsa que están viviendo. Aquí todos engañan a todos con una sonrisa en la cara. ¿Por qué? Alondra lo hace por el amor hacia los padres. No quiere preocuparlos, sobre todo no quiere que vean cuán dolorosamente siente su soledad, cuán desesperada es su situación, cuán desalentador parece su futuro.

By then she’d be thirty-six years old. And in ten years’ time? Or twenty? Her father was fifty-nine, her mother fifty-seven. Ten years, maybe not even ten. Her parents would die. And what then, Blessed Virgin, Mother of God, what then?

¿Qué le queda? El consuelo de que hay quien sufra incluso más y el retorno a la rutina de todos los días que anestesia el dolor del alma. ¿Y los padres? Ellos prefieren engañarse a sí mismos y no pensar en la fealdad de su hija. ¿Qué cambiarían al admitir que Alondra es una solterona fea  por quien nunca nadie se ha interesado? ¿Aliviaría su dolor?

What more could we do? Nothing. We´ve done all we can. All we can, the woman thought. Everything possible. We´ve endured everything.

Ningún deseo, ningún sacrificio o gran amor pueden cambiar nada. Llega un momento cuando lo único que queda es el sentimiento de la impotencia. La novela de Kosztolányi derrumba la ingenua creencia en que querer es poder, que basta con creer en el éxito y la felicidad para alcanzarlos. Pues parece que no. Por lo menos así eran las cosas hace 116 años, cuando lo único a lo que podían aspirar las mujeres era casarse.

            Los Vajkay son parientes de los protagonistas de Chekhov, de mi querido Wokulski de La muñeca de B. Prus, de los Buddenbrook, de los personajes de La tierra prometida de W. Reymont- para mencionar algunos de los habitantes del universo de la literatura cuyo destino no deja de conmoverme. 

            No obstante, aquí no termina la cosa. ¿Qué se pierden Akos y su mujer viviendo su vida anodina?  No mucho. ¿Es mejor la existencia de los demás habitantes de Sárszeg - todos estos funcionarios, médicos, abogados, periodistas locales, actores del teatro, terratenientes, sus mujeres y amantes? ¿Cambia algo el comer en el restaurante en vez de en casa o ir al teatro para ver sus espectáculos más bien mediocres? Sus vidas parecen igual de vacías que las de los Vajkay, e igual de desdichadas. El triste señor Doba cuya mujer le pone cuernos, el solitario Geza Cifra, el infeliz Nicolás Ijas quien sueña con ser poeta en Budapest… A lo mejor por eso los hombres pertenecientes al club de los panteras, cuya membrecía ostentaba también Akos hace tiempo, cada jueves se reúnen para emborracharse con el consentimiento tácito de sus mujeres. Quizás por eso los habitantes del pueblo aguantan sus rugidos de borrachos que se oyen hasta la madrugada. ¿Acaso es esta la manera de paliar el dolor inaguantable? Resulta que no porque es precisamente después de una noche de borrachera en compañía de los panteras cuando Akos se atreve a enfrentarse a la verdad y gritársela a su mujer en la cara. Kosztolányi parece apiadarse de sus personajes pero no encuentra ninguna vía de escape para ellos. No la hay ni en el teatro, ni en los poemas de Ijas, ni en la música que solía tocar Madre. Ahora pronto cierra la tapa del piano como si le diera vergüenza el hecho de que su marido pudiese pensar que se acordó de su juventud y lo mucho que le gustaba tocar el piano.

            Cuanto más reflexiono sobre la novela de Kosztolányi, más conmovida me siento. Hace tiempo que no leía una novela tan excelente en cada aspecto y tan pesimista a la vez. Parece que incluso la melancolía y la tristeza saltan de las páginas de la novela de Kosztolányi buscando una escapatoria del universo de  Alondra que las abruma con su pesadumbre. Y no es a causa de catástrofes o tragedias. Mucho peor: la razón de su desdicha es su existencia prosaica, vulgar e insulsa, el dolor de vivir, y la incapacidad de cambiarla. Por consiguiente, Alondra no es una lectura apropiada para los que buscan libros que agraden, sino para los que quieran tocar el fondo del alma humana, para los que busquen la literatura que deja al desnudo la desesperanza de la vida. La recomiendo fervientemente porque la novela de Kosztolányi es magnífica y, a pesar de su mensaje desalentador, fácil de leer. Su fluida narración salpicada con descripciones de la vida en un pequeño pueblo húngaro y de sus habitantes resulta más que llamativa e interesante.



 

viernes, 4 de septiembre de 2015

La masacre de Nankín


Las flores de la guerra

Geling Yan

Alfaguara, 2012

 

            El 13 de diciembre de 1937 las tropas japonesas ocuparon  Nankín, la capital de China, abandonada por el gobierno nacionalista de Chiang Kai-shek. En aquel momento quedaban allí, totalmente desamparadas, gran parte de las tropas y de la población civil. Aunque Japón había firmado los Convenios de La Haya de 1899 y 1907, la actuación de su ejército fue en contra de todas las normas de ius in bello. El 13 de diciembre de 1937 empezó la gran masacre de la población china de Nankín.

            En la novela de Geling Yan, ambientada en Nankín en aquella época terrible, un grupo de prostitutas en busca de escondite salta los muros del convento de Santa Magdalena en las afueras de la ciudad. En el convento quedan 13 alumnas de la escuela de niñas al cuidado de dos curas y un par de sirvientes. A pesar de las reticencias, el director del colegio, Padre Engelmann, permite a las prostitutas quedarse en el recinto del convento, un territorio supuestamente protegido de la invasión japonesa gracias a su extraterritorialidad. Pronto empieza a escasear el agua y la comida, sobre todo después de que busquen allí refugio también 3 soldados chinos. Además, los japoneses no piensan respetar el estatus especial del convento. Lo que sigue es una historia estremecedora de intentos por sobrevivir en medio del caos, hambre, opresión y la violencia extrema.

Las flores de la guerra habla de las atrocidades cometidas por los japoneses aunque no lo hace de una manera tan gráfica como, por ejemplo, The Narrow Road to the Deep North de Richard Flanagan. Tampoco las convierte en el tema central de la trama. Más bien se centra en el choque de personalidades, sobre todo entre las prostitutas y las chicas, pero también de los curas entre sí. Vemos cómo actúan en una situación in extremis, cuánta humanidad y generosidad les queda mientras intentan salvar sus vidas. Este planteamiento es posible gracias a un elenco de personajes trazados con líneas firmes, aunque no faltos de claroscuros ni distintos tonos de gris, indudablemente el fuerte principal de la obra de Geling Yan. Escrita con un lenguaje y estilo sencillos y exenta de sentimentalismo barato, la novela es realmente conmovedora y no deja a nadie indiferente.


Power kills, and absolute power kills absolutely

 

The Rape of Nanking

Iris Chang

Penguin Books 1997

One historian has estimated that if the dead from Nanking were to link hands, they would stretch from Nanking to the city of Hangchow, spanning a distance of some two hundred miles. Their blood would weigh twelve hundred tons, and their bodies would fill twenty-five hundred railroad cars. Stacked on top of each other, these bodies would reach the height of a seventy-four-story building

            La lectura del libro de Iris Chang no es fácil. La fuerza de La violación de Nankín reside en su valor documental e histórico- un valor único que demuestra la gran determinación de la autora. Igual de intenso es su mensaje emocional. La escritora norteamericana, partiendo de los recuerdos de sus abuelos- sobrevivientes de la masacre, estudió miles de documentos en los archivos de distintos países y habló con decenas de personas para poder dar testimonio de lo que ocurrió en Nankín en diciembre de 1937.


El libro está meticulosamente documentado. No obstante, no es simplemente otro trabajo de un historiador interesado en los acontecimientos. La obra de Iris Chang es un relato dramático y muy personal. La autora nos dice que nos olvidemos de la historia, política o guerra, y que empecemos a pensar en la tragedia de cada una de las víctimas, en cada tortura rebuscada, en cada crimen cuyo objetivo era hacer sufrir.

No se puede negar que Chang quiere estremecernos. Presenta un relato minucioso de the Rape of Nanking - la Violación de Nankín, lleno de escenas horrendas de violaciones, torturas, asesinatos y ejecuciones. Igual de conmovedoras son las historias de los sobrevivientes- mutilados física y psíquicamente nunca llegaron a recuperarse. Nadie jamás les pidió perdón por lo que había ocurrido, como tampoco se pagó indemnización alguna a los que tuvieron que cargar con las secuelas de sus vivencias durante aquellos días en Nankín.

La autora logró llegar a los testimonios escritos de los extranjeros que vivían en la capital de China y que crearon allí la llamada Zona de Seguridad donde se escondieron miles de personas. Fue Iris Chang quien como primera se interesó por el destino de John Rabe, el Schindler de Nanking. Rabe era un empresario alemán y miembro del Partido Nazi (NSDAP) asentado en China. Durante la masacre actuó como el jefe de la Zona de  Seguridad salvando muchísimas vidas.  A su regreso a Alemania fue perseguido primero por sus compatriotas, y luego, al acabar la IIGM, también por los aliados. Como varios de sus colaboradores del Comité Internacional de la Zona de Seguridad de Nankín- el cirujano Robert Wilson o la profesora Minnie Vautrin, Rabe escribía diarios  que constituyen una de las principales fuentes de la información acerca de lo que ocurrió allí en aquellas fechas fatídicas.

No obstante, el libro no solo da el testimonio de lo ocurrido. Iris Chang analiza los pormenores de la cultura y educación japonesas para explicar- nunca justificar- el porqué de la bestialidad de las tropas japonesas. Habla también de la reacción del mundo a los acontecimientos en Nankín; por qué, hasta la publicación del libro y su enorme éxito internacional, la masacre era conocida por tan solo un pequeño grupo de historiadores. Y lo más triste y preocupante- dedica todo un capítulo a los intentos japoneses de ocultar o tergiversar los hechos.

Como dijo la autora:

This book is not intended as a commentary on the Japanese character or on the generic makeup of a people who would commit such acts. It is about the power of cultural forces either to make devils of us all, to strip away that thin veneer of social restraint that makes humans humane, or to reinforce it.

Una reflexión muy actual, desafortunadamente. No comprendo por qué este libro, avalado también por su gran éxito comercial, nunca llamó la atención de ninguna editorial española.

The Rape of Nanking tiene también una dimensión personal muy trágica. No se sabe hasta qué punto su preparación, su éxito y la consiguiente serie de conferencias sobre la masacre influyó en el estado mental de Iris Chang. La autora fue diagnosticada con una enfermedad psíquica. En 2004, a tan solo 36 años de edad, se suicidó – igual que Minnie Vaultrin, the living goddess of Nanking.