“No book worth its salt is meant to put you to sleep, it's meant to make you jump out of your bed in your underwear and run and beat the author's brains out.” ― Bohumil Hrabal

martes, 30 de septiembre de 2014

Pintando estrellas, dibujando sonrisas



La pintora de estrellas

Amelia Noguera
Autopublicación Amazon

            Cuando el año pasado reseñé aquí La tabla esmeralda de Carla Montero, constaté:

Parece que por fin se está agotando el pozo de los secretos templarios y que los autores de las novelas de aventura y suspense se han buscado otro Santo Grial: los enigmas que esconden las obras del arte, sobre todo si fueron codiciadas por los alemanes, perdón, los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. El año pasado reseñé aquí “El espejo negro” de Alonso Domingo, novela que me gustó mucho, salvo el final, y hace poco me topé con otras dos publicadas recientemente: “Azul Vermeer”  de Mar Mella y “El pintor maldito” de Peter Harris (ya sé que algunos pensarán primero en “La tabla de Flandes” de Pérez Reverte o “El maestro del Prado” de Javier Sierra). Y me imagino que hay y habrá muchos más…

Me alegro mucho de no haber acertado y que el tema de las obras expoliadas durante la IIGM, por lo menos por ahora, no ha sido más explotado a pesar del enorme interés que suscita. Mi alegría es aún más grande porque la mayoría de los libros sobre este tema son de alta calidad literaria, como es el caso de La pintora de las estrellas  de Amelia Noguera.

La trama de la novela se desarrolla en dos planos superpuestos. Al principio nos situamos en el año 2000 y conocemos a Violeta, una diseñadora de interiores¸ víctima de maltratos por parte de su pareja, el muy desagradable Álvaro. Llevan juntos varios años y  Violeta no se decide a abandonarlo hasta que se queda embarazada. Acude a su abuelo, Diego, a quien lleva meses sin ver ya que su pareja la alejó de todo su círculo familiar y social. El octogenario Diego tiene asuntos pendientes por resolver antes de poder morir tranquilo, incluida la cuestión de la herencia que va a recibir su única nieta. Lleva a Violeta de viaje a Villaviciosa en Asturias, donde se halla el palacete azul construido por los padres de Diego, indianos, a principios del siglo XX. El regreso a su casa natal hace que el anciano rememore el pasado. Junto con él nos embarcamos en un viaje a París de los años 30, donde estudió arquitectura y donde vivió su gran amor a Elisa, la pintora de estrellas, quien durante la guerra falsificó numerosos cuadros para así ayudar a salvarlos del pillaje de los nazis.

Así presentada la sinopsis, el libro de Amelia Noguera puede parecer otra novela de amor con la IIGM en el trasfondo. Además, no se pueden evitar comparaciones con el bestseller de Carla Montero La tabla esmeralda – dos hilos argumentales, la París ocupada, cuadros por salvar, un gran amor… ¡Cuán odiosas son las comparaciones! Al contrario que la obra de Clara Montero, La pintora de estrellas es una novela compleja, con unos personajes bien construidos, veraces y coherentes en sus actuaciones. Las dos historias descritas son igual de interesantes, sin que una supere a la otra atrayendo toda la atención del lector, como ocurre a menudo en las novelas que utilizan esta estructura (o peor aún: sin que una supere a la otra salvando la novela de ser un bodrio…). La autora no huye de algunos de los grandes problemas de la actualidad como la violencia machista y abusos sexuales de niños, haciéndonos ver qué es lo que sienten y piensan las víctimas, lo destrozadas que quedan sus almas y sus vidas, lo difícil que resulta sobreponerse a esas experiencias horrendas. De hecho, creo que el Diario de un desamor que escribe Violeta para organizar sus ideas y donde plasma su historia de maltrato continuo, de cómo fue lentamente aniquilada como individuo para quedar totalmente sometida a su pareja,  es el relato más estremecedor acerca de la violencia machista que he leído jamás. Sin embargo, Diego parece ser el alter ego de la autora expresando sus (me atrevo a pensar) opiniones acerca de los acontecimientos históricos,  como  también sobre la actualidad:

El mundo ha ido a peor, porque ahora el enemigo es más difícil de encontrar, ya nos es Hitler ni Franco ni Salazar ni Mussolini, ahora no le ponemos cara y sin embargo es más poderoso e infinitamente más rico, tiene agonía por ganar más y no busca súbditos, busca esclavos. No hemos aprendido nada, Violeta, nada. Y lo peor es que además no nos damos cuenta de lo que nos están haciendo. No sé bien desde cuándo pero hace mucho que estamos retrocediendo.

Amelia Noguera emplea una prosa sencilla y clara, y por ende elegante, lo cual se nota sobre todo en las descripciones que son detalladas y bastante poéticas. Uno de los fuertes de la novela son los muy logrados cambios de registro en función del narrador: las partes donde Diego “le habla” a Elisa  están llenas de reflexión, son muy emotivas e intimistas, mientras que en el diario de Violeta predomina el dolor y el espanto expresados a secas a través de los hechos. 

Desafortunadamente, como ocurre a veces en casos de las novelas autopublicadas, surgen errores. Martín (diré de él tan sólo que es uno de los personajes centrales del libro) no pudo quedar cautivado por la tumba de Nijinsky en el cementerio de Montmartre en 1941, porque el bailarín murió 9 años más tarde. Además, me parece que las divagaciones de Diego sobre el Proceso de Bolonia pronunciadas en 2000 son un poco precipitadas – no creo que por esas fechas se supiera ya qué tipo de reformas se planeaba introducir en las universidades. Obviamente se trata de cosas fáciles de corregir y remediar antes de la publicación de La pintora de estrellas por la editorial Suma de Letras, prevista para los principios del año que viene.

Creo que Amelia Noguera nos dará mucho de qué hablar, y, mejor todavía, muchos momentos inolvidables con el libro en la mano deleitándonos con sus historias que atrapan y cautivan, escritas con una prosa elegante y emotiva.

A todos los interesados en el tema del expolio de las obras del arte durante la IIGM, me gustaría recomendar The Rape of Europa de Lynn H. Nicholas, la obra fundamental sobre el tema, así como también la novela de Alonso Domingo El espejo negro, ganadora del XLIII Premio de Novela Ateneo de Sevilla, un trepidante thriller que reseñé aquí hace 2 años y que no entiendo por qué parece haber pasado sin eco por la blogosfera.

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Me gustaría una vez más agradecer a Laky del blog Libros que hay que leer por haber organizado el sorteo en el que me tocó esta novela.

jueves, 25 de septiembre de 2014

El café Novelty

Laky del blog Libros que hay que leer ha organizado el sorteo de la novela de Carlos Díaz Domínguez "A las ocho en el Novelty". Los expertos charros sabrán que se trata de la cafetería más famosa de su ciudad, un lugar muy especial para mí. Así que no puedo no participar - las ganas de leer un thriller que se desarrolla en Salamanca y en Peñaranda de Bracamonte pueden conmigo. Según las palabras de Laky, se trata de una novela que se te pega a los dedos y no puedes dejarla. Aquí podéis leer su magnífica reseña. ¿Alguien más se anima?

Son los hombres que han deparado este destino a los hombres



Medallones

Minúscula 2009


Zofia Nałkowska- la gran dama de la literatura polaca de entreguerras,  feminista, de izquierdas, la primera mujer miembro de la Academia Polaca de la Lengua, divorciada dos veces, amante y protectora de Bruno Schulz. En su casa se reunía la crème de la crème del fascinante mundo literario  del país incluso en clandestinidad durante la IIGM, cuando la escritora, para ganarse la vida, regentaba un estanco. Al finalizar la guerra  formó parte de la Comisión de Investigación de los Crímenes Hitlerianos. Medallones son el fruto de su participación en dicha comisión y los ocho relatos que los componen se basan en las declaraciones de los sobrevivientes y testigos, así  como en los resultados de las inspecciones de lugares donde se cometieron las atrocidades. La autora transmite la verdad sobre los días cuando del mundo se apoderó la locura a través de los recuerdos de los que vieron y sobrevivieron. Los relatos, en su forma y contenido, se parecen a los medallones de los sepulcros y como éstos representan a los muertos. Con unas palabras simples y directas, la escritora los desentierra del cementerio de la memoria para componer  una realidad cuyo horror reside no sólo en los crímenes mismos, sino también en el daño psicológico infligido a las víctimas.

            Los protagonistas de Medallones carecen de características individuales, son arquetipos que representan y personifican el trágico destino  de millones. Con trozos de sus historias Nałkowska construye el monumento a los que murieron asesinados y a los que sobrevivieron para dar testimonio de lo indescriptible. El objetivo de la autora era sin duda despertar la indignación y protesta del lector. Lo hizo sin usar palabras fuertes, signos de exclamación o frases llenas de emoción. Nałkowska acusa al sistema y a los criminales nazis con un lenguaje claro, directo y racional. Los hechos son llamados por su nombre, sin adornos. 

            En todos los relatos la autora muestra una de las verdades más sobrecogedoras sobre la IIGM: sobre cómo el nazismo destrozó la psique del hombre, cómo mató su empatía, cómo cambiaba a los humanos en criminales que ejecutaban las órdenes de manera implacable y se convertían en verdugos, mientras que a las víctimas les quitaba la sensibilidad al sufrimiento del prójimo – otra víctima.

            Profesor Spanner, el relato que abre la colección, se basa en la interrogación de un chico que diseccionaba cadáveres en una pequeña empresa que elaboraba jabón de grasa humana, vinculada al Instituto Anatómico en Gdansk (entonces Danzig). La manera en la que el joven cuenta los hechos es muy precisa y realista, carece por completo de emociones, ya que para él su trabajo era de lo más normal y corriente. Sus palabras- En Alemania , se puede decir, la gente sabe hacer algo de nada- contienen la verdad más terrorífica sobre aquellos tiempos: el cuerpo humano se convirtió en una mercancía (en este caso en un ingrediente necesario para fabricar jabón que otros usaban para lavarse). Para el interrogado no se trataba de un crimen, todo era algo totalmente comprensible, un trabajo que había que completar sin hacer demasiadas preguntas. Al chico lo destrozaron emocionalmente de tal manera que no era capaz de discernir entre el bien y el mal, ni de percibir el horror de sus hechos. El nazismo le impuso el modo de ver el mundo según el cual el jabón era algo valioso, el cuerpo humano no. Lo más asombroso es, sin embargo, el hecho de que el joven interrogado fuera otra víctima del nazismo ya su padre estaba internado en un campo de concentración. Los cuerpos diseccionados eran de prisioneros del campo de Stutthoff, en su mayoría polacos, pero también militares alemanes guillotinados o prisioneros de guerra rusos.

            En Medallones encontramos  las emociones de las que no hablan los datos estadísticos o análisis científicos.  La escritora denuncia no sólo los asesinatos de millones de hombres, mujeres y niños, sino sobre todo el crimen perpetrado para apoderarse de las mentes imponiéndoles la mentalidad nazi. Nałkowska protesta, juzga y expresa su terror y estupor a la vez, aunque nunca de forma directa. Cada hecho, cada detalle que describe es una acusación dirigida en contra del sistema que hizo que  tantas personas perdieran el sentido de la humanidad. Leemos sobre los miles de condenados a muerte, torturados, tratados como ganado llevado al matadero. No aparecen números ni nombres, aunque sí la enormidad de la masa  humana, transportes de pueblos y ciudades enteras. La muerte del individuo parece perderse en la inmensidad de la destrucción. Pero cada muerte era una tragedia, morían los seres queridos de los que lograron sobrevivir y a veces, como Michal  en El hombre es fuerte, tuvieron que presenciar el final de su familia. La conmovedora imagen del hombre que se tira al lado de los cuerpos sin vida de su mujer y sus hijos pidiendo que los verdugos acaben también con él, revela la cruel verdad- cada muerte es única e irrepetible. Entre las tragedias de los millones se esconden las tragedias individuales.

            Varios fragmentos de Medallones resultan extremadamente duros. Uno de los relatos más dolorosos es Junto a la vía del tren,  en el que nadie se atreve a ayudar a una mujer judía malherida en su intento de huída del transporte a uno de los campos de concentración y exterminio. Ayudar a un judío equivalía a la condena a muerte para el que se atrevía a hacerlo y para toda su familia.

Los testigos no escatiman detalles de las torturas y asesinatos. En este sentido el más cruento es el segundo relato de la colección, El fondo. Es la historia de una mujer polaca arrestada junto con su hija por pertenecer a la Resistencia. Las dos fueron llevadas a la infame cárcel de Pawiak en Varsovia y de allí a Ravensbrück. Las dos fueron brutalmente torturadas, presenciaron cosas indescriptibles.

En sus menos de 90 páginas Medallones contienen mucho más que miles de libros publicados acerca del tema de las atrocidades cometidas por los alemanes y sus cómplices durante la IIGM. Indudablemente, se trata de una publicación singular en el mercado español ya que el libro no habla únicamente del Holocausto judío y no fue escrito por un testigo directo de los hechos presentados. Sin embargo, uno de los aspectos más interesantes de Medallones es la perspectiva desde la cual se escribieron. No olvidemos de que el libro se publicó en 1946, un año después de terminar la guerra, cuando aún se conocían pocos detalles de lo que realmente había ocurrido. Estamos delante de uno de los primeros testimonios del horror de la ocupación alemana, además elaborado por una escritora de renombre, de enorme talento y un magnífico taller creativo que le permitió expresar lo inexpresable empleando el silenciamiento como uno de los principales recursos literarios.

Leí afirmaciones que decían que Medallones se publicaron demasiado tarde para el público español, que el libro no aporta nada nuevo para los que conocen la obra de Primo Levi o Elie Weisel. No puedo estar de acuerdo con estas opiniones. Creo que es un testimonio único, sobre todo gracias a la perspectiva “desde fuera” que ofrece Nałkowska. Medallones no son una lectura fácil pero  pagan la constante deuda que tiene la literatura con la vida, demostrando que sólo nosotros decidimos sobre la realidad.


 


martes, 16 de septiembre de 2014

¡Todos al tren!




Trenes rigurosamente vigilados
El Aleph, 2006



¿Saben lo que son los checos?- dijo el consejero Zednícek- ¡Unas bestias sonrientes!

            No me gustan los estereotipos, pero tras leer a varios autores checos tengo que admitir que saben reírse de sí mismos como nadie en este mundo. Saben también hablar de las cosas importantes de una manera simple, sin patetismo. Su sentido de humor parece apacible, indulgente con el mundo y sus habitantes. Una muestra de ello son sin duda Las aventuras del soldado Švejk de Hašek. Las mismas características ostentan también Trenes rigurosamente vigilados de Bohumil Hrabal, un relato sobre las desventuras de un joven ayudante ferroviario durante la II Guerra Mundial.

            La acción de la novela se desarrolla a unos meses antes del final de la guerra, en el centro de una Europa magullada, no lejos de los campos de exterminio. No obstante,  lo que más le preocupa al protagonista de la novela, Milos Hrma, y sus compañeros de una pequeña estación, es el cotilleo, la crianza de palomas, el trasero de la duquesa Kinsky y su propia vida sexual. En la manera en la que Hrabal habla de los defectos humanos, sus fallos y vicios, sus vivencias diarias, hay mucha calidez, suavidad y bondad. Es difícil no sonreír con Milos cuando describe a los vagos de sus antepasados o cuando una comisión disciplinaria investiga con toda seriedad cómo y por qué el factor Hubicka estampilló las nalgas de la telegrafista Zdenicka. ¡Durante el servicio!

            Milos está viviendo su propio drama, para él mucho más importante que la guerra, y que el médico denomina eiaculatio praecox. El problema lo conduce  a un intento de suicidio que lleva a cabo en el burdel local (¡menudo escándalo!), aunque al final su iniciación erótica llega a buen puerto cuando conoce a Viktoria, mensajera de la Resistencia. Es el momento crucial en su vida. A partir de entonces el tímido aprendiz de factor puede ocuparse de otros asuntos.

            Hrabal parece estar preguntando sobre qué es más importante- un hombre corriente con sus defectos y dramas que lo absorben de forma desmesurada, pero que los demás creen  nimiedades, o los grandes mecanismos de la historia que arrastran y aplastan a todos en sus ruedas dentadas. Aparentemente, el uno no contradice al otro, ambos coexisten, se entrelazan como en el final de la novela. Pero Hrabal  se pone del lado del hombre. Como individuales somos más importantes que la historia. Nosotros la escribimos.

            La vida en la estación fluye lenta y soñolienta. Pero no es posible olvidar la guerra. Por allí pasan numerosos trenes con armamento para el frente oriental, por allí también vuelven a Alemania trenes llenos de muertos y heridos:

Y en aquel hospital que veía, lo más raro eran los ojos de la gente, los ojos de aquellos soldados heridos, como si aquel dolor allí en el frente, aquel dolor que ellos les habían causado a otros y que esos otros a su vez les habían causado a ellos, como si aquel dolor hubiera hecho de ellos una gente distinta: estos alemanes eran más simpáticos que los que iban en sentido contrario, todos miraban por la ventana el aburrido paisaje con tanta atención y con un gesto tan infantil como si pasaran por el mismísimo paraíso.

La guerra irrumpe en la novela también de forma alegórica en las escenas de maltrato de animales. La preocupación que Milos, el narrador de la novela, muestra por la suerte del ganado llevado a mataderos en terribles condiciones, seguramente se puede interpretar de varias maneras, pero creo que la primera asociación que viene a la mente de todos los lectores es la de los transportes a los campos de concentración y exterminio.

En Trenes rigurosamente vigilados no falta reflexión sobre el sinsentido de la guerra, dándole a la novela un carácter profundamente antibélico. Al final, que no quiero revelar, Milos dice:

Pero aquel trébol de cuatro hojas no le había traído buena suerte a aquel soldado ni a mí, también era un hombre como yo o como el factor Hubicka, tampoco tenía condecoraciones, ni rango, y sin embargo nos habíamos disparado  y nos habíamos matado el uno al otro, aunque seguro que si nos hubiésemos encontrado de civil es probable que nos hubiésemos caído bien y hubiésemos charlado.

No creo que se pueda hablar de la guerra, el heroísmo y el sacrificio de forma más directa y simple. Contando la historia desde la perspectiva de una pequeña estación de ferrocarril y sus empleados, Hrabal evita el innecesario patetismo al que nos ha acostumbrado la literatura. Su relato está lleno de humor, ironía, cordialidad y surrealismo como las historias que los pábitele, clientes de las cervecerías tan queridas por el escritor, cuentan tomando sus jarras de cerveza. ¡Ojalá no hubiera tenido que terminar!